Un buen libro sobre la posguerra, el franquismo y los años de transición hacia la democracia. En momentos me ha parecido muy emotivo, sobre todo cuando habla de enfrentarse a vaciar la casa familiar, por lo que supone evocar todos los recuerdos familiares que se vienen encima. Tiene también una buena carga de crítica que hace pensar.
“Las paredes oyen, solía decir mi madre. Y debía de ser verdad, porque cuando la abuela contaba alguna cosa sobre la guerra, lo hacía en voz muy baja, por si acaso”.
"Despojarme de todo lo que hay allí dentro va a ser como quitarme cada una de las capas protectoras de la epidermis y quedarme desvalida, en carne viva, a merced de todos y de cada uno de mis pensamientos."
Todo el infinito está en un junco, porque cada libro, cada palabra, es infinita. Cambia de significado y de matiz cada vez que alguien la pronuncia o la lee. La palabra es un espejo en el que nos miramos: cada uno recibe una imagen diferente que va cambiando a cada momento. Nunca somos los mismos, y las palabras tampoco lo son.
Me gusta pensar que las palabras son a la vez eternas y volátiles. Nada hay que dure tanto como las palabras,…” ( Me gusta la referencia a El infinito en un junco, novela de Irene Vallejo)
“Se temía a la libertad porque había sido más cómodo pensar en ella como en un ideal deseado e inalcanzable que tener que asumirla. Era lo mismo que le pasaba a don Quijote: quería ser caballero de novela, buscaba e inventaba aventuras fabulosas. Pero cuando por fin se encontró con una aventura real, con disparos y con muertos, dio un paso atrás.
Y es que los lances reales no eran tan fáciles de asumir como los deseos quiméricos”.
Citas que me han evocado un viaje
Zaragoza
“ahora se llama parque Grande José Antonio Labordeta. Por supuesto que nadie lo nombra así. Solo los periódicos.Para la mayoría sigue siendo el parque Grande, sin más. Y por él camino para llegar a casa desde el restaurante vegetariano.
Paseo entre los magnolios que enmarcan los paseos laterales y el central, donde están las fuentes.”
